La noche
grita a las estrellas
y sucumben
al alcance de unos labios,
que
temerosos, de frío tiemblan
Su lengua
helada me recorre,
como un
río gélido y cortante,
son sus
ojos sendas lunas en la noche,
faros en
un mar de tormenta inclemente,
son fuego
su mirada, su boca, sus manos,
destellos
de luz en la oscuridad permanente
La
fragancia de la muerte recorre mi cuello,
y el
triste envase que es su cuerpo
de nada
vale sin esa mente
capaz de
helar el infierno.
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